Salud mental, violencia y el vínculo que se construye antes que todo lo demás

 

“GENERAR VINCULOS AMOROSOS TEMPRANOS Y SEGUROS AYUDA A SER PERSONAS VIRTUOSAS Y FELICES”

En tiempos donde la violencia conmueve, alarma y desborda a las comunidades, la respuesta más rápida suele ser reforzar la vigilancia, endurecer protocolos y multiplicar medidas de control. Sin embargo, detrás de ciertos hechos extremos, la pregunta más profunda no es solo cómo prevenir el daño inmediato, sino cómo se fue gestando el sufrimiento que terminó desbordándose.

En esa línea, resulta especialmente significativa la reflexión planteada en el reportaje de El Mercurio del domingo 5 de abril de 2026, donde Elena Savoia, directora de un laboratorio de prevención de violencia en Harvard, sostiene una idea contundente: por cada dólar que se invierte en vigilancia, se necesitan otros 10 en salud mental. La afirmación no solo interpela las políticas públicas, sino también nuestra manera de comprender el origen del malestar humano.

Porque antes de que una persona llegue a la escuela, a la calle o a la sociedad, primero llega a una familia.

El ser humano aprende el mundo a través del vínculo

Todo ser humano comienza a conocer la vida a través de una experiencia vincular. En un primer momento, esa experiencia está marcada por la cercanía con la madre o con quien ejerza el cuidado primario, por la manera en que se responde a sus necesidades, por la presencia que calma, contiene y da sentido. El apego temprano no es un detalle secundario: es una de las bases sobre las que se construye la seguridad emocional, la confianza y la relación futura con los demás.

Junto a ello, la presencia de un padre o de una figura significativa que acompañe, cuide y proteja ese vínculo también cumple una función importante. Esto no significa desconocer que muchas madres crían solas con enorme dignidad, esfuerzo y amor. Significa, más bien, reconocer que ningún niño debiera crecer en soledad afectiva. Todo ser humano necesita una trama relacional suficientemente estable que le permita sentirse mirado, sostenido y orientado.

Cuando esa fraternidad familiar no logra consolidarse, cuando lo que predomina es la desconexión, la angustia, la frialdad o la distancia emocional, aparecen las primeras amenazas para la formación psíquica de la persona. Es en esos años tempranos donde las huellas más profundas comienzan a tejer la personalidad, la capacidad de tolerar la frustración, de tramitar el dolor y de encontrar un lugar posible en el mundo.

Cuando el sufrimiento no encuentra palabras

No toda herida lleva a la violencia, y ningún hecho extremo puede explicarse por una sola causa. Sería simplista e injusto reducir actos gravísimos a un único factor familiar. Pero también sería un error negar que cuando faltan vínculos protectores, contención afectiva y orientación emocional, la vulnerabilidad aumenta.

En muchos casos, detrás de conductas destructivas hay frialdad emocional, desapego, vacío, desencanto y una dolorosa desconexión de la vida compartida. No se trata necesariamente de ausencia total de afecto, sino de una incapacidad profunda para experimentar pertenencia, para confiar, para sentirse parte de algo que merezca ser cuidado. Allí emerge muchas veces un desamor radical, una sensación de que no existir podría ser la única manera de dejar de sufrir.

Nuestra cultura, además, ha tendido a satanizar el sufrimiento. Se ha instalado la idea de que toda frustración debe ser evitada, de que el dolor es un error y de que vivir bien significa no padecer nunca. En ese escenario, el placer inmediato aparece como una vía para anestesiar el malestar, mientras que el esfuerzo de crecer, vincularse, querer, esperar, frustrarse y volver a intentar se vuelve intolerable.

Pero la vida humana incluye dolor, injusticia, límites y pérdida. Y eso no la vuelve invivible. Al contrario: la vuelve desafiante, compleja, profundamente humana. La tarea no consiste en eliminar por completo el sufrimiento, sino en aprender a atravesarlo sin destruirse ni destruir a otros.

¿Dónde se aprende a vivir con el dolor?

Esa es una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo:

  • ¿Dónde aprende un niño a convivir con la frustración?
  • ¿Dónde aprende que no todo deseo será satisfecho de inmediato?
  • ¿Dónde descubre que el otro no está solo para obedecerlo o rechazarlo, sino también para acompañarlo, confrontarlo y amarlo?

La primera escuela de ese aprendizaje sigue siendo la familia.

Es en el hogar donde el niño observa, imita, aprende y organiza sus primeras referencias sobre el amor, los límites, el cuidado y el sentido. Allí se empieza a formar una idea de sí mismo, del otro y del mundo. Si ese espacio falla gravemente, si no ofrece contención mínima, si está tomado por la angustia, la distancia o la desorganización emocional, entonces no solo se dificulta la crianza: se abre también la posibilidad de cultivar dolor no elaborado, egoísmo defensivo, traumas, desconexión afectiva y diversas formas de sufrimiento psíquico.

Por eso, el punto que plantea Elena Savoia de la Universidad de Harvard, en el reportaje del Mercurio este domingo 5 de abril, no debe leerse solo como una defensa abstracta de la salud mental. Su afirmación obliga a ir más atrás. A mirar no únicamente la crisis visible, sino también el entramado vincular previo. Más que prevenir en un sentido técnico, se trata de vincularnos con amor y cercanía, de fortalecer a las familias, de acompañarlas antes de que colapsen y de entender que la salud mental no comienza en la consulta, sino en la calidad de los lazos cotidianos.

La vigilancia no reemplaza el cuidado

Una cámara puede registrar. Un detector puede advertir. Un protocolo puede activar una respuesta. Pero ninguna de esas medidas reemplaza el cuidado, la escucha, la presencia ni el vínculo.

Cuando una sociedad deposita su confianza casi exclusivamente en mecanismos de control, revela también una carencia más profunda: la dificultad para invertir en aquello que no siempre es visible, pero que sostiene la vida desde su base. Hablar de salud mental no es hablar solo de diagnósticos, tratamientos o crisis agudas. Es hablar de relaciones humanas, de comunidades que acompañan, de adultos disponibles, de hogares menos solos, de escuelas que no solo instruyen, sino que también contienen.

La familia no es perfecta ni suficiente en todos los casos. También puede ser un lugar herido, frágil o sobrepasado. Precisamente por eso necesita apoyo, orientación y redes. Fortalecer la salud mental implica también fortalecer el entorno familiar y social que recibe a cada niño desde el comienzo.

Volver al vínculo

Quizás uno de los grandes desafíos de nuestra época sea volver a darle valor al vínculo. No como discurso sentimental, sino como fundamento real de la vida psíquica y social.

Frente a hechos que estremecen, la tentación es buscar soluciones rápidas. Pero si solo actuamos cuando la tragedia ya ocurrió, seguiremos llegando tarde. La verdadera prevención empieza mucho antes: en la manera en que criamos, en cómo escuchamos, en la calidad del tiempo que compartimos, en la presencia afectiva que ofrecemos y en la capacidad de enseñar que vivir también implica frustrarse, sufrir, esperar y aun así seguir adelante.

Cuando la familia no es suficiente, no basta con señalarla. Hay que preguntarse qué la sostiene, qué la debilita y qué lugar le damos como sociedad. Porque allí donde no hay vínculo, la intemperie emocional crece. Y donde no hay amor, cercanía ni sentido, la salud mental deja de ser una prioridad para convertirse, demasiado tarde, en una urgencia.

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